martes, 26 de noviembre de 2019
sábado, 5 de octubre de 2019
CARTA DE UNA MUJER SANADORA A UN HOMBRE
Jahiry Yajairi Baruna
Creo en hombres sensibles y amables.
Creo en los hombres místicos que creen en sí mismos.
Creo en los hombres que buscan templanza y paz dentro de ellos.
Creo en los hombres poetas, soñadores, magos, escritores, alquimistas, artistas, maestros y ángeles.
Creo en los hombres que les gusta bailar y cantar y hacer de la vida una celebración.
Creo en los hombres que abrazan a su niño interior herido, lo escuchan y lo abrazan de verdad.
Creo en los hombres que quieren sanar y ayudar a otros a sanar.
Creo en los hombres que se niegan a ser esclavos de su propia herida y que, a pesar del dolor, lo limpian y lo sanan con paciencia, amor y coraje.
Creo en los hombres que vienen de las estrellas y recuerdan el poder de sus alas, el poder de sus manos y el poder de su corazón.
Creo en los hombres que conocen la intuición y la usan como brújula.
Creo en los hombres que comparten la libertad porque son libres y no conocen otra forma de vivir.
Creo en los hombres que protegen la energía de las mujeres, que saben cómo leer el aspecto de sus seres queridos y que no tienen la intención de cambiarlo, simplemente lo acompañan sabiamente en su vuelo.
Creo en los hombres completos que no necesitan nada del exterior porque ya saben que todo lo tiene dentro.
Creo en los hombres que hacen fuego cuando tienen frío, que se refugian en el agua cuando tienen sed.
Creo en los hombres con ojos sinceros que se ven a sí mismos y por eso aman y respetan a todas las criaturas que existen en la tierra.
Creo en los hombres, perfectamente imperfectos, porque es en esa imperfección donde también encuentran su belleza.
Creo en los hombres sensibles que saben recibir y dar amor en equilibrio, que escuchan y que también hablan, los que viven y los dejan vivir.
Creo en los hombres que viven la sexualidad como algo sagrado, porque saben que es un regalo maravilloso.
Creo en hombres con sentimientos claros, que son accesibles.
Creo en los hombres que caminan descalzos y hablan a las plantas.
Creo en los hombres tiernos y salvajes al mismo tiempo.
Creo en el hombre sagrado y en toda la divinidad que han mantenido.
Creo en hombres sensibles y amables.
Creo en los hombres místicos que creen en sí mismos.
Creo en los hombres que buscan templanza y paz dentro de ellos.
Creo en los hombres poetas, soñadores, magos, escritores, alquimistas, artistas, maestros y ángeles.
Creo en los hombres que les gusta bailar y cantar y hacer de la vida una celebración.
Creo en los hombres que abrazan a su niño interior herido, lo escuchan y lo abrazan de verdad.
Creo en los hombres que quieren sanar y ayudar a otros a sanar.
Creo en los hombres que se niegan a ser esclavos de su propia herida y que, a pesar del dolor, lo limpian y lo sanan con paciencia, amor y coraje.
Creo en los hombres que vienen de las estrellas y recuerdan el poder de sus alas, el poder de sus manos y el poder de su corazón.
Creo en los hombres que conocen la intuición y la usan como brújula.
Creo en los hombres que comparten la libertad porque son libres y no conocen otra forma de vivir.
Creo en los hombres que protegen la energía de las mujeres, que saben cómo leer el aspecto de sus seres queridos y que no tienen la intención de cambiarlo, simplemente lo acompañan sabiamente en su vuelo.
Creo en los hombres completos que no necesitan nada del exterior porque ya saben que todo lo tiene dentro.
Creo en los hombres que hacen fuego cuando tienen frío, que se refugian en el agua cuando tienen sed.
Creo en los hombres con ojos sinceros que se ven a sí mismos y por eso aman y respetan a todas las criaturas que existen en la tierra.
Creo en los hombres, perfectamente imperfectos, porque es en esa imperfección donde también encuentran su belleza.
Creo en los hombres sensibles que saben recibir y dar amor en equilibrio, que escuchan y que también hablan, los que viven y los dejan vivir.
Creo en los hombres que viven la sexualidad como algo sagrado, porque saben que es un regalo maravilloso.
Creo en hombres con sentimientos claros, que son accesibles.
Creo en los hombres que caminan descalzos y hablan a las plantas.
Creo en los hombres tiernos y salvajes al mismo tiempo.
Creo en el hombre sagrado y en toda la divinidad que han mantenido.
~ Sagrado Masculino.
jueves, 7 de marzo de 2019
domingo, 25 de noviembre de 2018
Las voces de las brujas en el sauce
Me encantó una leyenda escuchada hace años que hablada de las brujas del sauce.
Una noche me acerqué bajo el sauce que tantas veces me abría las puertas en mis paseos por ese lugar tan apreciado por mí. Era una noche de finales de verano y se había levantado un viento misterioso provocando una danza de seducción en sus ramas y un vaivén de sombras y luces plateadas producido por el rostro de la luna en sus hojas. No pude resistirme al encanto de esta llamada y me senté a los pies de la vieja, abriendo los oídos de mi alma bruja a aquello que las voces del pasado me querían recordar.
Evoqué en el corazón la conexión con mi linaje antiguo y recordé a mi abuela materna, despidiendo en la penumbra de la luz de las velas a aquellos que morían, y susurrando las palabras que limpiaban el alma; frases que despejaban el miedo y que traían la esperanza y la paz antes del último viaje. Solo su presencia era consuelo para aquellos que iban a cruzar el umbral.
A mi abuela, nunca se la llamó bruja, ni fue reconocida como bruja,
ni como parte de este linaje ancestral de las mujeres medicina, sin
embargo, ella era guardiana de todos los umbrales: despedía a los que
partían y recogía en sus brazos a los que nacían. Sin ningún rito
estructurado ella sostenía los misterios de la vida y de la muerte. En
sus actos y palabras realizaba de forma sencilla y natural, integrada en
la vida de su día a día, al servicio de su tribu, el oficio y el arte
de la bruja ” la que guarda todos los umbrales”.
En esta noche, sentaba bajo el árbol encantado me llegaron las voces de tantas mujeres anónimas que silenciosamente y sin definirse con ningún nombre acudían a la llamada de los partos, de las enfermedades y de las muertes.
Ellas entonaban cantos, conjuros o rezos, pero lo importante no era lo que decían, pues a veces lo hacían con un ritmo monótono, con una letanía que provocaba el trance de la paz y del descanso. Lo más importante, era su presencia, pues en medio de la penumbra o del temor ante los misterios, esta fuerza sabia y antigua que estaba en ellas podía sostener el miedo al tránsito y encender en los corazones la luz de la confianza interna.
Hoy los nacimientos son asépticos, y las enfermedades y las muertes también. Es bastante importante aquello que perdimos. Su oficio se perdió con ellas. Tristemente, su poder no reconocido se fue al olvido y lo que quedó fue una capa de miedo y superstición.
Sentada bajo el sauce, sintiendo en la brisa encantada el susurro de sus voces, pude percibir en mi sangre palpitante el espíritu de estas mujeres, la inmensidad de su sencillez, la grandeza de su pequeñez, el poder de sus palabras en el silencio, y qué curioso… no pude evitar sentirme un “poco avergonzada” de llamarme bruja, un poco pequeña ante su grandeza y a la vez muy agradecida de que acariciaran mi piel con el soplo del viento.
Decía que dentro del sauce habitaba el gran espíritu de la vieja bruja, aquella que daba forma y voz a todas las brujas del pasado.
Si te sentabas bajo sus ramas y abrías tu alma al susurro de sus hojas movidas por la brisa del viento, podrías escuchar las voces de las antiguas mujeres que te contarían sus historias y sus conjuros secretos.Una noche me acerqué bajo el sauce que tantas veces me abría las puertas en mis paseos por ese lugar tan apreciado por mí. Era una noche de finales de verano y se había levantado un viento misterioso provocando una danza de seducción en sus ramas y un vaivén de sombras y luces plateadas producido por el rostro de la luna en sus hojas. No pude resistirme al encanto de esta llamada y me senté a los pies de la vieja, abriendo los oídos de mi alma bruja a aquello que las voces del pasado me querían recordar.
Evoqué en el corazón la conexión con mi linaje antiguo y recordé a mi abuela materna, despidiendo en la penumbra de la luz de las velas a aquellos que morían, y susurrando las palabras que limpiaban el alma; frases que despejaban el miedo y que traían la esperanza y la paz antes del último viaje. Solo su presencia era consuelo para aquellos que iban a cruzar el umbral.
En esta noche, sentaba bajo el árbol encantado me llegaron las voces de tantas mujeres anónimas que silenciosamente y sin definirse con ningún nombre acudían a la llamada de los partos, de las enfermedades y de las muertes.
Ellas entonaban cantos, conjuros o rezos, pero lo importante no era lo que decían, pues a veces lo hacían con un ritmo monótono, con una letanía que provocaba el trance de la paz y del descanso. Lo más importante, era su presencia, pues en medio de la penumbra o del temor ante los misterios, esta fuerza sabia y antigua que estaba en ellas podía sostener el miedo al tránsito y encender en los corazones la luz de la confianza interna.
Hoy los nacimientos son asépticos, y las enfermedades y las muertes también. Es bastante importante aquello que perdimos. Su oficio se perdió con ellas. Tristemente, su poder no reconocido se fue al olvido y lo que quedó fue una capa de miedo y superstición.
Sentada bajo el sauce, sintiendo en la brisa encantada el susurro de sus voces, pude percibir en mi sangre palpitante el espíritu de estas mujeres, la inmensidad de su sencillez, la grandeza de su pequeñez, el poder de sus palabras en el silencio, y qué curioso… no pude evitar sentirme un “poco avergonzada” de llamarme bruja, un poco pequeña ante su grandeza y a la vez muy agradecida de que acariciaran mi piel con el soplo del viento.
Guadalupe Cuevas
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